0

Me gustaría contarte un poco más de mí y por qué me dedico a la psicología clínica. ¿Cómo decidí que quería ser psicóloga? Pues cuando hice psicoterapia por primera vez a mis 13 años. A esa edad viví unas vacaciones de verano que fueron un punto de inflexión en mi vida. Ahora veo que no estaba preparada para entrar en el mundo de los adultos y la situación me desbordó haciéndome ganar 10 kilos en un par de meses. Poco después engordé diez kilos más y luego otros diez. Durante aquellos años vivía muy torturada y tenía una gran sensación de ser inadecuada. Recuerdo la carga tan grande de culpa que sentía después de comer y el desagrado que me causaba mirarme al espejo o salir a comprar ropa. Afortunadamente tuve padres que me propusieron (no impusieron) ir a terapia. Me acuerdo muy bien de esas sesiones. La psicóloga se llamaba Marta y fue muy cálida y dulce conmigo. Me acuerdo que detrás de su silla, en la pared, estaba el cuadro de Van Gohg El dormitorio en Arlès en el que me quedaba absorta cuando mi mente navegaba en el recuerdo de  aquellas experiencias dolorosas. Es como si el estar adentro de esa habitación me ofreciera algo de refugio o cobijo. Igual que hablar y afrontar mis emociones en el espacio protegido de las sesiones con la psicóloga.   

En esa terapia tuve la sensación de ser escuchada y comprendida a la vez que ganaba seguridad y confianza en mí misma. Iba conociendo y aceptando mi cuerpo, aunque admito que se me hacía muy difícil quererlo por aquel entonces… Era tan distinta a otras chicas de mi edad…La forma de hablar sobre lo que me estaba pasando en un espacio de intimidad, aceptación y respeto, hizo que me pareciera alucinante tener un trabajo así, de psicóloga clínica. Me imaginaba en secreto la magia de escuchar la vida de las personas, sus vicisitudes, desamores, sus pérdidas y frustraciones y luego ayudar a renacer. Todo un privilegio. Se lo afortunada que soy por tener un trabajo que me hace tan feliz. 

 

 

Mi relación con la carrera no fue fácil, más bien todo lo contrario. En la facultad de la UNR donde estudié, en la ciudad de Rosario los profesores eran psicoanalistas y lacanianos y yo veía esto muy alejado de lo que yo quería hacer. Aún hoy en día me gustan las terapias más cortas y más pragmáticas, dando más acogida a las emociones difíciles y una visión más holística que al inconsciente-sexual-reprimido. Creo que todos queremos ver mejoras cuanto antes, y que el hacerlo nos motiva. Me sentía encorsetada y coartada, así que pasé seis años, lo duraba oficialmente la carrera, estudiando cosas que no me gustaban para tener el papel con el título y después empezar a estudiar lo que me gustaba. No se lo deseo a nadie. En una asignatura optativa encontré a Mirta Graneros y nos contó su forma de trabajar con disfunciones sexuales y la psicología del comportamiento. Las tasas de éxito eran excelentes en pocas sesiones y sumando esto esto a mi fascinación previa con el mundo sexual me dejó prendada. Listo! ¡Quería hacer eso! ¿Ser partícipe de un cambio tan radical en nuestra sexualidad? ¿Tener información privilegiada -científica- de las prácticas sexuales, superar disfunciones y miedos irracionales?  ¡Obvio! Sin duda. Así que al año de acabar la carrera hice las maletas y me vine a Barcelona a estudiar Terapia Sexual y de Pareja en la UB. En el medio quedó truncado un proyecto de pareja de venir juntos. Cosas de la vida. Triste. Tuve que venir sola y sintiéndome muy chiquita en medio de este duelo de pareja, de amigos, de padres, de país, de costumbres, de olores. El corralito y la crisis diez mil de Argentina no me ayudaron a tener el ánimo alto. Más bien me dieron un empujoncito para cruzar el charco. Por no sé qué iluminación divina la homologación del título la empecé en el minuto cero y no fue tan tortuosa como podría haber sido. 

Me encanta combinar la psicología clínica con la formación. En psicoterapia individual hay una intimidad emocional única y paciente y yo conseguimos cambios increíbles. Cuando doy un curso es una manera muy diferente de expandir el arte de la atención plena y paz interior. Es más ligero, divertido, dinámico y siempre lo hago muy vivencial. Creo que nos lo pasamos genial. Muchas personas que hacen un curso conmigo sienten que conectan con mi manera de entender la vida y luego me piden hacer psicoterapia. Gracias infinitas por confiar en mí. 

Hoy en día, 19 añitos después de acabar la carrera, sigo pensando que cada segundo que una paciente me comparte su intimidad es para mí el más grande de los regalos. Lo recibo con la ilusión y el júbilo que puede sentir una niña pequeña cuando le llega el regalo que más anhelaba. Son momentos de vivir plena e intensamente. Ignoraba que otras veces iba a ser tan duro. A veces las historias que acompaño me dejan sin palabras y todo lo que puedo ofrecer es mi presencia más sincera y humilde. Es importante respetar la emoción que aparece y no querer correr a consolar o evitar las lágrimas del sufriente. Acompaño esos momentos con todo el amor que puedo dar. Me sé muy afortunada por eso. Gracias a todes las personas que me eligieron para acompañarlas en ese trocito de camino. Gracias a ti por leerme hasta aquí.