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El poder liberador de la aceptación es un tema que desde hace años me apasiona. La capacidad de aceptar lo que hay, sin negarlo, rechazarlo o reprimirlo es un acto enormemente liberador.

En los procesos de psicoterapia desde la primera sesión trazamos los objetivos terapéuticos mi consultante y yo de forma conjunta. De esta forma nos aseguramos de tener una hoja de ruta clara, ir alineadas en la misma dirección sin desvíos por el camino y de que las expectativas para con el proceso de terapia son realistas. Lo que no se suele mencionar, pero que siempre ocurre es el poder transformador de nuestra propia experiencia que tiene el aceptar los hechos del pasado. Así de simple y de escurridiza es la aceptación ¡Cuánto nos cuesta! y qué liberadora es!

A menudo confundimos aceptación con resignación. Aunque grosso modo pudieran parecer lo mismo o algo parecido, son realmente opuestas. La aceptación implica responder activamente a las emociones permitiendo o dejando ser antes de precipitarse y tratar de solucionarlas o cambiarlas. Permitir que esos sentimientos existan en la consciencia y en nuestro cuerpo significa que en primer lugar registramos su presencia antes de decidir de qué manera responder a ellos. Esto implica un compromiso consciente de presencia en la vivencia.

Por otro lado, la resignación implica pasividad y un cierto grado de indefensión, como si fuéramos un juguete del destino. Esta dificultad de lograr comunicar el significado de la aceptación y la resignación da cuenta de hasta qué punto las palabras son un vehículo limitado para comprender cabalmente el proceso.

Del rechazo a la apertura

La mayor parte del tiempo, dedicamos un gran esfuerzo a resistirnos a la pérdida, al sufrimiento y a la desgracia. Empleamos muchísima energía intentando poner parches de falsa alegría, en pensar en otra cosa, en dejar que el tiempo pase con este muerto enterrado vivo. Por el contrario, traer deliberadamente, intencionalmente la atención hacia los aspectos no deseados de la experiencia nos ofrece varias ventajas. Pasamos del berrinche y la negación del “no querer” a otra actitud de “apertura”. Esto permite romper la cadena de respuestas condicionadas habituales. Además, nos da la oportunidad de observar si nuestros pensamientos son adecuados y si reflejan o no la realidad. Introduce una pausa entre el estímulo y nuestra forma de respuesta que puede marcar una diferencia enorme.

Se nos suele aconsejar que seamos más amorosos/as, pacientes y que aceptemos más, pero ¿Cómo se hace eso? La aceptación no depende de la fuerza de voluntad ni de los aspectos cognitivos. Por ello en las prácticas de mindfulness solemos aprender a relacionarnos de un modo diferente, trabajando a través del cuerpo y desplazando la atención y consciencia hacia las manifestaciones de experiencias complicadas en lo somático. El conocer y cultivar una presencia deliberada en las sensaciones corporales nos ayuda a cambiar la relación con la experiencia y por lo tanto nos acerca a la aceptación. La práctica de los ejercicios de atención plena a diario es fundamental. Procura destinar un tiempo en tu agenda para meditar y honrar el compromiso contigo mism@ de mantenerte con disciplina cuidando de ti y tu bienestar. ¡Te deseo una feliz práctica!